A PROPÓSITO DE FOBAPROA EN ENERO DE 2026. FOBAPROA: cuando la historia alcanza a la impunidad. Jorge Alonso

A PROPÓSITO DE FOBAPROA EN ENERO DE 2026

FOBAPROA: cuando la historia alcanza a la impunidad

Jorge Alonso

Durante más de dos décadas, el FOBAPROA fue defendido como una decisión técnica inevitable. Se dijo que salvó al sistema financiero y evitó un colapso mayor. Quienes lo cuestionaron fueron tachados de ideológicos o irresponsables. Hoy eso se ha desmoronado. Desde finales de los años noventa, sostuve que el rescate bancario no fue un error ni una urgencia improvisada, sino una operación política deliberada para trasladar deuda privada al conjunto de la sociedad. No me basé en especulaciones, sino en entrevistas directas con actores clave: diputados panistas que votaron el rescate y banqueros de la vieja escuela que denunciaron la conducta de los nuevos grupos financieros.

Los diputados panistas que entrevisté entonces reconocieron haber aprobado el FOBAPROA sin información suficiente, sin posibilidad de consultar expertos y bajo presiones explícitas. La disciplina de voto no fue producto de convencimiento, sino de coacción. El operador central fue Felipe Calderón, entonces dirigente panista, quien impuso el respaldo al rescate con una advertencia brutal: si no se aprobaba, los propios legisladores perderían sus depósitos bancarios. Ese dato cambia todo. El Congreso no deliberó. Fue sometido. Y hubo una complicidad operada por el entonces presidente del país, apuntalado por Calderón como jefe político de un partido que se necesitaba para que la operación fructificara.

Hacia finales de la última década del siglo XX testimonios de banqueros formados en una banca regulada denunciaron que los nuevos banqueros, surgidos tras la privatización, actuaban con una lógica distinta: créditos irresponsables, endeudamiento acelerado y la certeza de que el Estado absorbería las pérdidas. No era imprudencia. Era expectativa política. Un testimonio reciente lo confirma con crudeza. Uno de esos nuevos banqueros, con información directa de políticos sobre la inminente implementación del FOBAPROA, autorizó desde su propio banco un crédito de 10 millones de pesos a favor de su esposa. El préstamo se otorgó sabiendo que no sería cobrado. La deuda fue absorbida por el rescate y convertida en deuda pública. Esto no fue un exceso aislado. Define el mecanismo del fraude: uso de información privilegiada, conflicto de interés y apropiación anticipada de recursos públicos. El FOBAPROA no solo socializó pérdidas ya existentes. Incentivó la creación de nuevas deudas fraudulentas antes de entrar en vigor.

El escenario cambia hoy con la entrega de documentos ultraconfidenciales del FOBAPROA por parte de la Unidad de Inteligencia Financiera, encabezada por Pablo Gómez. Archivos resguardados durante décadas comienzan a salir a la luz. Fraudes, ocultamientos y complicidades dejan de ser sospechas para convertirse en materia documental. La responsabilidad política apunta al sexenio de Ernesto Zedillo. No como error técnico, sino como acción pactada con intereses financieros y protegida por el silencio institucional. El FOBAPROA aparece así como uno de los momentos fundacionales del México neoliberal: pérdidas privadas convertidas en deuda pública, Congreso neutralizado, archivos sellados y una factura que el país sigue pagando. La historia, finalmente, está empezando a hablar. Y lo que dice confirma que no fue rescate, sino una megaestafa.

VAYAMOS POR PARTES

En 1998 escribí un artículo crítico sobre Fobaproa titulado “FOBAPROA. Un crimen más del partido de estado” publicado en la revista Envío, donde analicé el impacto de ese rescate bancario en el contexto político y económico de México. Después hice otros escritos al respecto. Realicé varias entrevistas entre viejos banqueros y algunos diputados panistas. Después obtuve testimonios de lo que fue una operación de despojo al pueblo que lo dejó endudado para que unos cuantos se eriquecerieran en desmedida. Caractericé al FOBAPROA no sólo como un instrumento de rescate financiero técnico, sino como una medida con profundas implicaciones políticas y sociales que benefició desproporcionadamente a las élites financieras y políticas a expensas del interés público.

Lo vinculé con “el círculo vicioso de la antidemocracia”, indicando que la aplicación del Fobaproa habría reforzado prácticas políticas clientelistas y de privilegio elite. No hice una
crítica económica sino eminentemente política por las formas en que se tomó la decisión y se gestionó la crisis. ⁠Si bien los defensores del FOBAPROA argumentaban que era indispensable para evitar una crisis financiera más profunda, yo puse en duda ese relato, subrayando la falta de transparencia, responsabilidad y el hecho de una captura estatal por parte de intereses
bancarios y políticos.

Insistí en que el FOBAPROA debía analizarse dentro del debate más amplio sobre neoliberalismo, crisis de legitimidad y condiciones de la democracia, cuestionando a las élites políticas y económicas por anteponer intereses particulares. Esto ofrecía un marco político-estratégico que iba más allá de la técnica financiera. Revaloricé mecanismos de transparencia y control ciudadano sobre decisiones económicas de alto impacto, un aspecto que muchos análisis técnicos habían descuidado. ⁠Critiqué a los “nuevos banqueros voraces”. Esta idea se acompañaba de un debate más amplio sobre el papel de los neoliberales y tecnócratas financieros en México.

Desde el punto de vista analítico, no presenté testimonios como simples anécdotas. Los articulé con una lectura estructural del régimen político de fin de siglo, donde el gobierno de Ernesto Zedillo logró construir una coalición de salvamento financiero basada en el miedo, la opacidad y la captura del proceso legislativo. El Congreso fue una instancia subordinada a una alianza entre el Ejecutivo y los nuevos grupos bancarios. Un elemento clave de su crítica es el contraste entre los viejos banqueros que entrevisté, formados en una banca regulada y prudencial, y los nuevos banqueros surgidos tras la privatización, a quienes aquellos describen como actores voraces, altamente endeudados y dispuestos a socializar pérdidas sin asumir esponsabilidades. Este contraste refuerza la tesis de que el Fobaproa no fue un rescate inevitable del sistema, sino una decisión política selectiva.

La fortaleza principal de mi análisis radicaba en su uso de historia oral política: entrevistas cruzadas, consistentes en el tiempo, que revelan mecanismos informales de poder que no aparecen en actas ni dictámenes. Mi crítica no se limitaba al costo económico del Fobaproa, sino que apuntaba al daño institucional profundo: la normalización de decisiones macroeconómicas tomadas sin deliberación democrática y bajo chantaje.

Que el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Pablo Gómez, haya entregrado en enero de 2026 a la Presidencia documentos “ultraconfidenciales” del FOBAPROA, resguardados durante décadas, implicaba que el debate dejaba de estar sustentado solo en testimonios, memorias o reconstrucciones críticas. Entró en una fase probatoria de carácter estatal. Hubo ⁠⁠conversión deliberada de deuda privada en deuda pública. No se trató de un rescate inevitable, sino de una decisión política pactada entre el Ejecutivo y los nuevos banqueros. ⁠ La opacidad fue estrategia. El resguardo bajo “cinco llaves encriptadas” apuntaba a una arquitectura consciente de ocultamiento. La opacidad no fue un accidente del proceso, sino una condición para imponerlo.⁠ Responsabilidad directa del Ejecutivo encabezado por Zedillo.

La acusación de complicidad que emerge de los documentos se inscribe directamente en el sexenio de Ernesto Zedillo. Durante años, los defensores del FOBAPROA descalificaron las denuncias por “ideológicas” o “no técnicas”. La apertura de esta documentación desplaza el eje del debate: ya no se discute solo interpretación, sino responsabilidad histórica y jurídica. El acto de Pablo Gómez rompe el pacto de silencio que protegió al FOBAPROA durante más de dos décadas. En ese sentido, la afirmación de que “se cae el telón de la impunidad” no es retórica vacía. Hubo simulación crediticia, conflicto de interés, fraude bancario, y apropiación privada de recursos públicos.

Durante más de dos décadas los expedientes permanecieron clasificados, se bloqueó el acceso público a la información, se descalificó la crítica como “ideológica”. La reciente entrega de archivos por parte de la Unidad de Inteligencia Financiera, encabezada por Pablo Gómez, confirmó que la opacidad fue deliberada.

Se ha comprobado que el FOBAPROA fue un enorme fraude legislativo: voto bajo amenaza, ausencia de información deliberativa, simulación de legalidad democrática. También fue un fraude financiero estructural: conversión de deuda privada en deuda pública, rescate sin sanción ni depuración bancaria, socialización de pérdidas con privatización previa de ganancias. Quedó claro que se trató además de un fraude por conflicto de interés: banqueros prestándose a sí mismos, políticos garantizando cobertura estatal, inexistencia de barreras éticas o legales efectivas. No cabe duda de que nos encontramos ante un conjunto de estafas protegidas por un ocultamiento histórico que implicó clasificación extrema de documentos, negación sistemática del acceso público, reproducción del pago social de la deuda durante décadas.

El FOBAPROA no solo rescató pérdidas existentes, incentivó la generación de nuevas deudas fraudulentas, funcionó como un mecanismo de transferencia patrimonial masiva, consolidó una forma de capitalismo político-financiero sin rendición de cuentas.Visto en conjunto, el FOBAPROA aparece como uno de los actos fundacionales del capitalismo político-financiero contemporáneo en México: ganancias privatizadas, pérdidas socializadas, Congreso neutralizado y archivos sellados. Hoy, con documentos abiertos y testimonios acumulados se ha convertido en una demostración contundente.